Pues que quieren que les diga. Luego decimos que si la gente joven es tal o cual, que no hay manera de hacer carrera de ellos, que si así no van a ninguna parte…
¿Quieren saber la auténtica realidad? Muy fácil, la culpa de todos estos males la tenemos nosotros. Sí, nosotros los padres y educadores por hacer las cosas rematadamente mal. Ellos, al fin y al cabo, son, en gran medida, el resultado de la educación y ejemplo que les hemos dado y les estamos dando.
¿Qué por qué digo esto? Muy fácil también. Por el bochornoso espectáculo que pudimos ver como consecuencia del concierto que un niño de 16 años, para más señas canadiense, dio en Madrid hace unas fechas; un tal Justin Bieber.
No me cabe duda ninguna de que el fenómeno de los fans y la histeria desatada por las grandes figuras musicales no es de ahora. Ya en mis años mozos esto ocurría pero era, al mismo tiempo, muy distinto. Me explico. ¿Ustedes saben que hubo jovencitas que acompañadas de sus padres se pasaron una semana – ¡¡¡una semana!!! – haciendo cola para ver a este pedorro? ¿Ustedes saben que hubo jovencitas que estuvieron haciendo noche, ellas solas con sus amigas, para entrar en el concierto? ¿Ustedes saben que el concierto se programó para un MARTES lectivo?
Sinceramente, hemos perdido el norte y así nos va.
La estupidez en la educación y el ejemplo que estamos dando es el nexo que une muchas acciones que “sufren” estos chicos. Después, cuando lleguen a ser adultos y trabajen en una empresa, no duden que querrán hacer lo mismo, pues nadie les ha explicado (ni les ha dado ejemplo) conceptos de sentido común indispensables para una vida ordenada y sana. Entonces, cuando su jefe les niegue la posibilidad de irse una semana a hacer cola, dirán que es un tirano, que la empresa es una mierda y que NO SE LES MOTIVA. ¿Se apuestan algo conmigo? Lo malo es que serán unos desgraciados que no sabrán disfrutar de nada y que no entenderán que, a veces, las cosas, simplemente, NO PUEDEN SER.
Digo yo, ¡tonterías que piensa uno!, que esos padres podrían llevar a esas niñas/os a ver los entrenamientos de Rafa Nadal y a charlar un rato con él para que les explique en que consiste el éxito y, sobre todo, cómo se consigue. Que por un rato les hable del esfuerzo, del sacrificio, de la disciplina y de la necesidad de renunciar a ciertas cosas si uno quiere alcanzar sus sueños.
El otro día mi querido y admirado amigo Mario Alonso (no se pierdan su libro Reinventarse, ¡genial!) me decía una frase, mientras dábamos un curso de nuestro programa LOGRA, que me dejó impactado: “Genio se nace. A idiota se llega”.
¡Pues claro que sí! Y eso es lo que estamos haciendo con nuestros hijos, le vamos a hacer que lleguen a ser idiotas perdidos. Lo malo y lo más triste es que la culpa será nuestra y cuando queramos rectificar ya no habrá tiempo.
Les pido que no me tachen de retrógrado, ni de cincuentón con mala leche, he puesto como título a esta columna “Justin Nadal” porque lo que quería significar es que hay tiempo para todo en esta vida si uno educa con serenidad y sentido común a los hijos. Ir a un concierto de tu ídolo es algo que se debe hacer y, además, es algo muy divertido y apasionante pero, y aquí está el “quid” de la cuestión, aceptando ciertos límites y normas. Para eso estamos los padres y no para idiotizar a nuestros hijos a través de un muy mal entendido cariño.
Quizá, ¡digo yo!, deberíamos re-escolarizar a muchos padres de forma urgente y obligatoria. Los mal educados, inconscientes y absurdos no son sus hijos, son ellos.

